Amados hermanos,
Que Dios, en Su Infinita Bondad y Amor os bendiga.
Realizados los oficios del Amado Maestro, nos dirigimos a los pórticos de la Ciudad Santa para rememorar la trayectoria del Divino Amigo, aún aturdidos por los acontecimientos funestos e inesperados de una violencia tremendamente cruel que abatió profundamente a nuestras almas.
Jesús se fue hacia Su Reino de Luz y nosotros permanecimos en las tinieblas.
El suicidio del amigo Judas nos aturdió, pues no pensamos que hubiera sido capaz de vender al Maestro, tal y como le acusaron los sacerdotes sibilinos e hipócritas.
Permanecimos desanimados y cabizbajos, hasta el día en que Él resucitó ante nuestros ojos incrédulos y ansiosos de Su Presencia Amiga. Reconfortados con Sus palabras, que bebimos sedientos, escuchamos vaticinar el futuro y los sacrificios que se nos exigirían a cada uno de nosotros para esparcir la Buena Nueva.
Consolados, pero aún titubeantes, asumimos nuestros puestos de benefactores de aquella pobre gente, y esparcimos Su Verbo, Sus Lecciones, Su Amor, sobre el pueblo.
Los sacrificios y las arduas luchas no nos dieron tregua, y cada uno, según su destino, cumplió su papel, el programado para aquella existencia como divulgadores de la Buena Nueva, esparciéndola en los corazones, estuvieran preparados o no, pues de nuestro esfuerzo en aquel momento, dependía el fortalecimiento y la germinación de la Luz en el corazón de los seres humanos. Esparcíamos al viento las semillas de Sus Palabras.
En todo momento sentimos Su Presencia Amorosa guiándonos, dándonos coraje y sustentándonos en la larga y ardua jornada, que para nosotros, almas errantes, representó la encarnación clave que nos liberó de las ruedas del sufrimiento, aunque alguna vez más nos sometimos al crisol de la carne (encarnación) para completar nuestro apostolado, o para imprimir un mayor impulso al grupo de espíritus, conectados entre sí, con la tarea de estimular el progreso de la humanidad terrena.
Pasaron los siglos y se transformaron en milenios, muchos fueron los acontecimientos en el Planeta, conducidos por Su Augusta Mente, para traer a las criaturas renovación y progreso. Sin embargo, esta humanidad, compuesta en su mayoría por rebeldes y acelerados exiliados, no ha conseguido alcanzar la liberación del compartimento de la ignorancia y el atraso espiritual.
Liberados de los trajes primitivos (fase del ser humano primitivo), alcanzado el desarrollo intelectual, permanecen atascados junto a los seres de las tinieblas, rebeldes obcecados de las Leyes de Dios. Se verán arrastrados a una nueva degradación.
La renovación que se opera en los niveles sutiles de la materia en todos los seres vivos, sólo sucede en aquellos que han alcanzado un patrón vibratorio superior, por encima de los sentimientos viles y los vicios que esclavizan.
El libre albedrío, usado y abusado por todos, que se poseen por derecho, será retirado en caso de que se mantengan atascados en dimensiones inferiores, pues no podrán escoger sus destinos, siendo sometidos a la Ley Implacable de Causa y Efecto, ajustada a la Ley de la Justicia y a la Ley del Progreso.
Leyes incorruptibles que se les impone a todos.
Nacer, crecer, morir y vagar en el espacio para renacer una vez más, como enseña la Tercera Revelación, se interrumpirá para los rebeldes. Sus espíritus están irremediablemente atorados, imantados y magnéticamente atraídos a los Mundos inferiores, donde el crisol del dolor los libertará.
Jesús, nuestro Guía y Maestro, nos bendice a todos.
Simón Pedro y Ananías
GESH - 08/06/2010 - Vitória, ES - Brasil